Ella cruzó tímida frente a mi y casi de reojo se atrevió a mirarme.
Yo, íntimo amigo de la picarda, la mire profundo... Sádico.
Sus ojos me esquivaron rápido y apresuro sus pasos para alejarse de lo que podría haber sido el mejor sexo de su vida.
Sus piernas y cabello, en el andar, acompasaban un adiós del cual me costo despedirme y en la distancia compartimos una última mirada.
La historia pareció dibujarse en aquellos pasos, ahí mismo en la vereda. A lo lejos, aún pudiendo distinguirla entre lo que imaginamos, me guiñó un ojo y se perdió en la multitud de la tarde.
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