Nunca más voy a recordar igual aquellas tardes de otoño. Los silencios en casa se escuchaban distinto y las paredes parecían hablar por si solas.
“Siempre me sentí igual de impotente” solía decirse a sí mismo en silencio mientras miraba a los niños jugar en el patio de la escuela.
No era porque Pedro no pudiese tener hijos… ni mucho menos. Era de aquellos solitarios, aun en sus treinta y tantos. Esa clase de hombres que tenían un romance con el whisky y las putas de bar. Viejas olímpicamente maquilladas, con ojos perdidos y bizcos pero con la experiencia de María Magdalena entre las cuatro paredes que tienen una cama como decoración.
Su madre había muerto cuando él tenia veinte años recién cumplidos y su padre le golpeaba como por deporte hasta que un accidente le arrebato la vida sin preguntarle. Quedo muy solo desde entonces, como para que por arte de magia se le resuelvan sus problemas en tan solo meses.
Se dedico a la bebida, a limpiar rincones públicos, pintaba muros y comenzó a trabajar en el colegio.
Le guardaba respeto al trabajo, todo el respeto que la vida le debía, lo proyectaba majestuosamente a barrer el patio de la escuela y a cuidar a los menores que jugaban a inventar un mundo en diez minutos libres entre clase y clase.
Los ojos de Pedro guardaban secretos, secaban lágrimas y atesoraban las mayores sonrisas. El director siempre supo verlo, supongo que por eso y más allá de todo, aun conserva su trabajo.
Aquella tarde de otoño Pedro estaba sentado en la puerta de su casa, el colegio estaba cerrado y desde hacía una semana no teníamos clases… sus manos parecían guardar todo el dolor y sus ojos estaban inyectados con el alcohol de la noche anterior.
Me saludo vagamente al verme pasar y se metió a su casa con su cadena de pensamientos desparramados por doquier; su espalda parecía pesar más de lo habitual y sus pies casi ni se levantaban del piso. Arrastraba los golpes de la vida, la angustia que no se quita con sexo y el peso de las lágrimas que el vino no consuela.
Soplaba un viento cálido, del norte, de esos que suele haber en primavera. Algunas hojas desnudaban los arboles cuando lo vi por última vez.
Pedro estaba cansado de estar solo pero me falto coraje para detenerme un momento más. Entró a su casa, miro el álbum de fotos de siempre, con las fotos que le pintaban la novela que siempre le hubiera gustado vivir, preso de un pasado jamás contado, lloro viendo la foto de su madre. Se dejo caer en la alfombra del living con el retrato de ella y en un golpe seco contra el piso y escucho el silencio de su casa. Contemplo la soledad que le rodeaba y aspiro por última vez ese aroma a encierro que su casa siempre guardo, sus padres nunca abrían las ventanas y el siempre fue un hombre tradicional en ese aspecto. Costumbres eran costumbres.
La botella de whisky estaba casi vacía y abrazado a la foto de su madre se pego un tiro en la frente, sin dejar una nota, sin saludar… sin sonreír.
1 comentario:
Ojala algun dia vuelvas a escribir, me encanta. Soy un fan secreto. Beso.
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